sábado, 3 de septiembre de 2011

Cuánta falta nos hace el respeto


La cultura moderna, desde sus albores en el siglo XVI, está asentada sobre una brutal falta de respeto. Primero hacia la naturaleza, tratada como un torturador trata a su víctima con el propósito de arrancarle todos sus secretos (Bacon). Después, con las poblaciones originarias de América Latina. En su Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias (1562) cuenta Bartolomé de las Casas, como testigo ocular, que los españoles «en sólo 48 años ocuparon una extensión mayor que el ancho y largo de toda Europa y una parte de Asia, robando y usurpando todo con crueldad, injusticia y tiranía, habiendo sido muertas y destruidas 20 millones de almas de un país que habíamos visto lleno de gente y de gente tan humana» (Décima Réplica). Luego esclavizó a millones de africanos, traídos para las Américas, negociados como «piezas» en el mercado y consumidos como carbón en la producción.

Sería larga la letanía de la falta de respeto de nuestra cultura, culminando en los campos de exterminio nazi con la aniquilación de millones de judíos, gitanos y otras personas consideradas inferiores.

Sabemos que una sociedad sólo se construye y da un salto hacia relaciones mínimamente humanas cuando establece el respeto de unos hacia otros. El respeto, como bien lo mostró Winnicott, nace en el seno de la familia, especialmente de la figura del padre, responsable del paso del mundo del yo hacia el mundo de los otros, que surgen como el primer límite a ser respetado. Uno de los criterios de una cultura es el grado de respeto y de autolimitación que sus miembros se imponen y observan. Surge entonces la justa medida, sinónimo de justicia. Si se rompen los límites, aparece el irrespeto y la imposición sobre los demás. Respeto supone reconocer al otro como otro y su valor intrínseco, bien sea persona o cualquier otro ser.

Entre las muchas crisis actuales, la falta generalizada de respeto es seguramente una de las más graves. La falta de respeto campea en todas las instancias de la vida individual, familiar, social e internacional. Por esta razón, el pensador búlgaro-francés Tzvetan Todorov en su reciente libro El miedo a los bárbaros (Galaxia Gutenberg 2008) advierte que si no superamos el miedo y el resentimiento y no asumimos la responsabilidad colectiva y el respeto universal no tendremos cómo proteger nuestro frágil planeta y la vida en la Tierra ya amenazada.

El tema del respeto nos remite a Albert Schweitzer (1875-1965), premio Nobel de la Paz en 1952. Natural de Alsacia, era uno de los más eminentes teólogos de su tiempo. Su libro Historia de las investigaciones sobre la vida de Jesús es un clásico, por mostrar que no se puede escribir científicamente una biografía de Jesús. Los evangelios contienen historia pero no son libros históricos. Son teologías que usan hechos históricos y narrativas con el objetivo de mostrar lo que Jesús significa para la salvación del mundo. Por eso, sabemos poco del Jesús de Nazaret real. Schweitzer comprendió que el Sermón de la Montaña es histórico y es importante vivirlo. Abandonó la cátedra de teología, dejó de dar conciertos de Bach (era uno de sus mejores intérpretes) y se matriculó en la facultad de medicina. Terminada la carrera, fue a Lambarene en Gabón, en África, para fundar un hospital y servir a enfermos del mal de Hansen. Y allí trabajó, dentro de las mayores limitaciones, todo el resto de su vida.

Confesaba explícitamente: «lo que necesitamos no es enviar allí misioneros que quieran convertir a los africanos, sino personas dispuestas a hacer por los pobres lo que debe ser hecho, si es que el Sermón de la Montaña y las palabras de Jesús tienen un sentido. Lo que realmente importa es volverse un simple ser humano que, en el espíritu de Jesús, hace alguna cosa por pequeña que sea».

En medio de sus quehaceres de médico encontró tiempo para escribir. Su principal libro es Respeto ante la vida que él coloca como eje articulador de toda ética. «El bien», dice él, «consiste en respetar, conservar y elevar la vida hasta su máximo valor; el mal, en no respetar, destruir e impedir que la vida se desarrolle». Y concluye: «cuando el ser humano aprenda a respetar hasta al menor ser de la creación, sea animal o vegetal, nadie necesitará enseñarle a amar a su semejante; la gran tragedia de la vida es que muere dentro de un hombre mientras vive».

Qué urgente es oír y vivir este mensaje en los días sombríos que la humanidad está atravesando.

Por Leonardo Boff

1 comentario:

  1. Lo que nuestros jóvenes y las organizaciones sociales que acompañamos al movimiento no es una utopia ni una abstracción, por el contrario es algo totalmente posible si existiese la voluntad política para transformar el sistema educativo actual, la ciudadanía tiene conciencia, como el modelo capitalista reproduce las desigualdades sociales, condiciones que el gobierno en forma vergonzosa protege.
    Que se nos llame que estamos ideologizados, es cierto, pero también deben incluirse aquellos que sostienen el modelo, así como los que deseamos trasformarlo, ambos casos son cuestiones políticas del como se piensa la sociedad.
    Esta nueva generación a reaccionado frente a la impunidad del mercado y su accionar usurera, en donde las familias por educar a sus hijos quedan por años endeudados e incluso los mismos jóvenes verán que los intereses los consumirán todas sus expectativas de una mejor calidad de vida, son el ejemplo más palpable, como también la colusión de precios de las farmacias, la polar, las AFP, el sistema de salud privado etc. por ello tanta adhesión a para ser agente de cambio.
    La marginación, la desigualdad, la exclusión son las fuentes que vierten en revolución, son heridas abiertas, de la lucha para devenir lo que se quiere devenir, como lo es: Educación como un derecho que otorga el Estado, fin al lucro, fin a la municipalización, educación gratuita e ir a una nueva instauración progresiva de la estructura política y socioeconómica, siendo necesario un plebiscito a fin de consultar la voluntad ciudadana.
    El movimiento estudiantil y social ha podido resistir la indolencia del gobierno y todos sus medios de comunicación y lo hecho en una revolución pacífica, creativa en sus diversas fases de su desarrollo, habiendo excesiva represión e incluso asesinatos, no obstante la voluntad colectiva sigue viva y combatiente que desea iniciar una nueva fase histórica.
    Las transformaciones culturales, sociales y políticas son lentas y graduales, producto de una elaboración compleja, pero ya la tenemos en medio nuestro y se está posicionando en nuestro país y por lo visto cuenta con el apoyo público.

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